domingo, 18 de marzo de 2018

El Joven Inmigrante


(segunda entrega)


Los tiempos no se calmaron y durante años las acciones bélicas se sucedieron una tras otra. No sólo en China sino en todo el mundo, como la segunda guerra mundial y la cruenta invasión japonesa a China, que se extendieron hasta 1945, el inmediato inicio de una no menos feroz guerra civil en China entre nacionalistas y comunistas, que en 1949 decantó en la creación de la República Popular China.
A la distancia, con limitada por no decir ninguna información de la familia en ultramar, mi padre sufrió el profundo dolor de no poder ayudar a los suyos como a él le hubiese gustado y, principalmente como lo había prometido.  
Se desvivía por enviar dinero cada vez que le fuera posible y de todas las formas imaginables, sin tener la certeza que las remesas llegasen a manos de sus padres y, en caso así fuera, que el dinero les fuese de alguna utilidad.

En 1945, mi padre conoció a una bella y joven peruana, María, mi madre, con quien formó una familia compuesta por 4 hijos, 3 mujeres y 1 hombre.
En general, Julio fue un hombre de pocas palabras, pero poseedor de una dulce y tierna sonrisa capaz de llenar de luz la habitación donde se encontraba. La llegada al mundo de cada uno de sus hijos no sólo lo hizo sonreír, sonrió tanto que llenó de luz y felicidad a todos parroquianos del pueblo que lo apreciaban y respetaban por su conducta y buen corazón. Esos fueron momentos en los que amainaba el dolor por su familia y lo elevaban a tal nivel de júbilo y de incredibilidad que no dejaba de ir a mirarnos una y otra vez, como si no creyese que fuéramos parte suya, y porque nuestra piel amarillenta y ojitos rasgados representan la continuidad de su sangre china en un país distante, país que desde el momento de nuestro nacimiento, hizo suyo.  
El nacimiento de su hijo varón fue el éxtasis de su realización, así aseguraba la continuidad del apellido Cam y cumplía con una de las principales promesas que le hizo a su padre. Lo registró como Julio ante las leyes peruanas y lo nombró Yuc Tong en honor a su hermano mayor, el aviador, el héroe que murió en la guerra luchando por su país y a quien mi padre reemplazó en el viaje a Perú.

Recién en la década de los setenta Julio cumplió su sueño de regresar a China, se reencontró con los hermanos que había dejado pequeños y conoció a los nuevos que no habían nacido cuando él partió. Y, después de muchos años pudo honró a sus padres, quienes sobrevivían quizá esperando ver al hijo que enviaron a la aventura en el pasado.


Hoy guardo en mi memoria muchos momentos compartidos con mi padre, como cuando me hacia las tareas del nido porque “a mí se me cansaba la mano” exigiéndole que “escribiera feo” para que la profesora no se diera cuenta (mi padre tenía una bella caligrafía por su formación en la escritura china), la infinidad de notas, por cierto muy ceremoniosas, que intercambiábamos para comunicarnos cuando por su horario de trabajo no nos veíamos, o cuando me curaba las rodillas ensangrentadas o el labio partido por jugar con mi hermano y sus amigos; él me decía que una niña no debía participar de juegos tan rudos.
En el fondo se sentía orgulloso que yo fuese tan traviesa, lo sé porque cuando mi madre le daba las quejas por mis travesuras como subirme a los árboles detrás de las ardillas o para cazar pajaritos, irme de excursión con los chicos del barrio en búsqueda de reliquias incaicas, se ponía muy serio para luego, en privado sonreír, con esa dulce y tierna sonrisa capaz de llenar de luz mi vida.
Quizá le recordaba sus propias travesuras, en una oportunidad mientras construíamos cometas para “elevarlas hasta el infinito y tocar con ellas las nubes”, nos narró a mi hermano mayor y a mi cómo había utilizado el papel de los cuadernos para construir cometas, “Unas más bellas y grandes que otras” comentó, y finalizó diciendo, “Valió la pena el castigo que me puso el abuelo”.

Pero lo más valioso que guardo de mi padre son sus consejos, siempre escuetos, siempre oportunos, siempre sabios, y justamente por sabios muchas veces rechazados por la impulsiva y joven chiquilla que era yo para entonces y que quería aprender teniendo sus propias experiencias. Así como las cosas que hizo para mí o por mí, sin decir palabra alguna para que yo no me diera cuenta, pero que marcaron mi vida, mi destino. Detalles que hasta hoy me siguen enseñando, me siguen retando, me obligan a crecer.

Desde hace dos décadas mi padre Don Julio Cam ya no está físicamente con nosotros, pero sé que está orgulloso que sus descendientes, sus nietos, al igual que él, bajo circunstancias diferentes, hoy son inmigrantes del mundo.

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